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“Ser apóstoles de misericordia significa tocar y acariciar las llagas de Jesús, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos”.

1. Testigos de la misericordia

“De esto somos testigos. Un día Jesús nos vio al borde del camino, sentados sobre nuestros dolores, sobre nuestras miserias, sobre nuestras indiferencias. Cada uno conoce su historia antigua. No acalló nuestros gritos, por el contrario, se detuvo, se acercó y nos preguntó qué podía hacer por nosotros. Y gracias a tantos testigos, que nos dijeron: «ánimo, levántate», paulatinamente fuimos tocando ese amor misericordioso, ese amor transformador, que nos permitió ver la luz. No somos testigos de una ideología, no somos testigos de una receta…

…Somos testigos del amor sanador y misericordioso de Jesús”.

2. Apóstoles de la Misericordia

Encontrar a Jesús equivale a encontrarse con su amor, que nos transforma y nos hace capaces de transmitir a los demás la fuerza que nos dona.

Ésta ha sido la experiencia de los primeros discípulos: después del primer encuentro con Jesús, Andrés fue a decírselo enseguida a su hermano Pedro (cf. Jn 1,40-42), y la misma cosa hizo Felipe con Natanael. (cf. Jn 1,45-46).

La misericordia que recibimos del Padre no nos es dada como una consolación privada, sino que nos hace instrumentos para que también los demás puedan recibir el mismo don. Existe una maravillosa circularidad entre la misericordia y la misión. Vivir de misericordia nos hace misioneros de la misericordia, y ser misioneros nos permite crecer cada vez más en la misericordia de Dios.

El Señor se vale de nosotros para que su luz llegue a todos los rincones.

3. ¿Cómo llegar a ser apóstoles de la misericordia?

“En primer lugar, “tomémonos en serio nuestro ser cristianos, y comprometámonos a vivir como creyentes, porque solo así el Evangelio puede tocar el corazón de las personas y abrirlo para recibir la gracia del amor y de la misericordia de Dios que acoge a todos. En segundo lugar, no seamos ajenos a la necesidades espirituales o materiales de nuestros hermanos”.

El Papa Francisco nos propone una manera de examinar nuestra manera de aproximarnos a ellos:

¿Nos pasamos de largo?

“Pasar es el eco de la indiferencia, pasar al lado de los problemas y que éstos no nos toquen. Es la tentación de naturalizar el dolor, de acostumbrarse a la injusticia. Es el eco que nace en un corazón blindado, en un corazón cerrado, que ha perdido la capacidad de asombro, podríamos llamarlo, con la espiritualidad del zapping. Pasa y pasa, pasa y pasa pero nada queda. Son quienes no logran tener contacto, no logran relacionarse, no logran involucrarse incluso con el Señor que están siguiendo porque la sordera avanza”.

Pasar sin escuchar el dolor de nuestra gente, sin enraizarnos en sus vidas, es como escuchar la Palabra de Dios sin dejar que eche raíces en nuestro interior y sea fecunda.

¿Nos detenemos para decirles: ¡ánimo, levántate!?

“No existe una compasión que no se detenga. Si no te detienes, no padeces con, no tienes la divina compasión. No existe una compasión que no escuche. No existe una compasión que no se solidarice con el otro. La compasión no es zapping, no es silenciar el dolor, por el contrario, es la lógica propia del amor, el ‘padecer con’.

Es la lógica que nace de no tener miedo de acercarse al dolor de nuestra gente. Aunque muchas veces no sea más que para estar a su lado y hacer de ese momento una oportunidad de oración”.

“Es la lógica que no se centra en el miedo sino en la libertad que nace de amar y pone el bien del otro por sobre todas las cosas”.

4. Todos estamos llamados a ser apóstoles de la misericordia de Jesús

“Estamos llamados a ser portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy. Y el camino que el Señor nos indica va en una única dirección: salir de nosotros mismos, para dar testimonio de la fuerza sanadora del amor que nos ha conquistado.

Una manera de anunciar esta Buena Noticia es realizar las obras de misericordia corporales y espirituales, que son el estilo de vida del cristiano porque por medio de estos gestos sencillos y fuertes, podemos visitar a los necesitados, llevándoles la ternura y el consuelo de Dios.

Recordemos siempre que hemos nacido en Cristo como instrumentos de reconciliación, para llevar a todos el perdón del Padre, para revelar su rostro de amor único en los signos de la misericordia”.

Que María, Madre de la Misericordia, guíe y acompañe nuestros pasos en este camino de ser testigos y apóstoles de la misericordia de Jesús.


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Ellos han experimentado la intimidad de la misericordia de Dios y han dado su testimonio viviendo las obras de misericordia en sus vidas.

Los santos en la misericordia se han vuelto misericordiosos con el prójimo porque primero se han dejado impregnar por la infinita caridad de Dios. Se han vuelto misericordiosos porque se han sentido sumergidos en la Misericordia divina. Se han confrontado con el doble mandamiento de “amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas” y “amar al prójimo como a sí mismos” y han tratado de observarlo, aunque a veces sin lograrlo completamente. Pero, insistiendo con humilde obediencia, han sido traspasados por el “gran amor” (Ef 2,4) del Dios trinitario.

El Hijo de Dios quiso hacerse nuestro prójimo

La santidad cristiana comienza con el asombro que experimentamos ante el misterio de la encarnación del Hijo de Dios y cuando caemos en la cuenta de que [en Él podemos] abrazar a Dios y al hombre juntos.

El Hijo de Dios ha querido hacerse nuestro prójimo y nos ha seguido en todos nuestros caminos y nuestro caminar errante, sujetándose a nuestros pecados, perdonando o, incluso, anticipando y previniendo nuestras caídas. Así, habitando junto a Jesús, se hace posible poner perfectamente en práctica el gran mandamiento del amor, en el sentido de que es él mismo quien trabaja para impregnar de amor todo nuestro corazón, toda nuestra alma y todas nuestras fuerzas.

Siguiendo a Jesús, el primer Buen Samaritano

Nos volvemos misericordiosos, como buenos samaritanos que se hacen cargo de los hermanos caídos en el camino, porque deseamos corresponderle a Jesús por el don de haber sido, para todos nosotros, el primer Buen Samaritano. La encarnación —si la comprendemos desde su dinamismo misericordioso— exige siempre de nosotros la humilde respuesta de ofrecernos a nosotros mismos.

Efectivamente, los santos se ofrecen de mil modos porque la caridad en ellos resulta infinitamente creativa. En la historia de cualquiera de ellos, todo está empapado por esta misericordia: su persona, sus obras y las vicisitudes, incluso las más penosas de su existencia. De hecho, la misericordia de Dios es como un fuego que quema y purifica todo aquello que toca. Y es un fuego que quema desde el inicio de la creación. Basta con no negarse tercamente a su acción o protegerse de ella.

Santa Faustina Kowalska, (1905-1938)

La Misericordia es el verdadero rostro de Dios. Este mensaje se lo comunicó Jesús a Santa Faustina Kowalska. Ella, que fue una religiosa que vivió en Polonia, escribió este mensaje en un Diario. En él se encuentran estas palabras de Jesús, entre muchas más:

“Escribe todo aquello que hay en las entrañas de mi misericordia, tan profundo como el pequeño en el seno materno. Cuán doloroso me resulta que no confíen en mi bondad. Los pecados de desconfianza son aquellos que me hieren de la manera más dolorosa”.

Santa Faustina vivió y anuncio la Misericordia. Jesús le encargó difundir la devoción a su misericordia a través de la divulgación de una Imagen, de la Fiesta de la misericordia, la oración de la coronilla de la misericordia y la oración de las 3 de la tarde[1].

Senor de la misericordia

“Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: ‘Jesús, en Ti confío’. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero” (Diario, 47)

“Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49)

“A las tres, ruega por Mi misericordia, en especial para los pecadores y aunque sólo sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi abandono en el momento de Mi agonía. Esta es la hora de la gran misericordia para el mundo entero… En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión” (Diario, 1320)

Santo Cura de Ars (1786-1859)

Administró el sacramento de la misericordia de Dios y cumplió santamente su misión… Amaba repetir:

“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.

Y añadía:

“Un buen pastor, un pastor conforme con el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios pueda conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia Divina”.

A veces al santo cura le pasaba que encontraba a algún penitente desalentado y dudoso del perdón de Dios, por la conciencia de haber pecado; entonces él le daba la siguiente increíble y sublime respuesta:

“El buen Dios sabe todo. Antes incluso de que se lo confieses, ya sabe que pecarás nuevamente, y sin embargo los perdona. ¡Tan grande es el amor de nuestro Dios que nos impulsa a olvidar voluntariamente lo que venga, con tal de perdonarnos!”.

Además decía:

“No es el pecador que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo el que corre derecho al pecador y lo hace volver a él”.

Madre Teresa de Calcuta (1910-1997)

La Madre Teresa de Calcuta se dedicó a entrelazar el culto de la Eucaristía con las obras de misericordia. Inauguró su difícil misión con esta plegaria que constituía todo un programa:

“Dios mío… no daré marcha atrás. Mi comunidad son los pobres. Su seguridad es la mía. Su salud es mi salud. Mi casa es la casa de los pobres: no simplemente de los pobres, sino de los que entre los pobres son más pobres. De aquellos a los cuales trata uno de no acercarse por miedo de contagiarse y ensuciarse… De los que no van a la iglesia porque no tienen ropa para ponerse. De los que no comen porque no tienen fuerzas. De los que se desploman en las calles conscientes de que van a morir, mientras los vivos transitan al lado de ellos sin prestarles atención. De los que ya no son capaces de llorar porque no tienen más lágrimas”.

Pero ¿dónde habrá encontrado el secreto y la fuerza para dar un abrazo con la más dulce caridad a cada marginado? Más adelante, ella lo explicó a sus hermanas de la siguiente manera:

“Ustedes ¿han visto con cuánto amor y delicadeza el sacerdote trata el Cuerpo de Cristo durante la misa? Busquen hacer lo mismo en la casa [de los moribundos] adonde están a punto de partir: allí está Jesús en cada semblante de dolor”.

Y muchas de ellas han contado que jamás habrían entendido tan bien aquella expresión eucarística que habla de “la presencia real de Jesús”, sino tocando los miembros doloridos de los enfermos. Y era justo en favor de esta sublime “identificación eucarística” que Madre Teresa explicaba la verdadera identidad de su instituto de caridad:

“Sobre todo, nosotras somos religiosas, no asistentes sociales, no maestras, no enfermeras, o médicas […]. La diferencia, entre nosotras y los obreros sociales, está en lo siguiente: que ellos actúan para algo, nosotras, en cambio, actuamos para Alguien. Nosotras servimos a Jesús en los pobres. Todo aquello que hacemos —oración, trabajo y sacrificios— lo hacemos por Jesús”.

San Martín de Porres (1579-1639)

Martín mostró el rostro misericordioso de Dios a los más necesitados. En el tiempo y en la sociedad peruana en la cual nace, a Martín, hijo ilegítimo de un noble y de una esclava, lo espera solamente el título injurioso de “perro mulato”. Pero todos terminaron por llamarlo “Martín de la Caridad”, admirados por la dedicación con la que realizaba su servicio de enfermería a quien lo necesitara. Su “sala médica”, en el convento dominico, donde fue recibido como oblato, estaba siempre llena de enfermos, porque las curaciones eran innumerables y, a menudo, prodigiosas. Pero fray Martín explicaba sonriendo: “Yo te curo, Dios te sana”. Así la fama del hermanito santo se extendía, y las filas de pobres y de enfermos se acrecentaban.

Lo que preocupaba particularmente a su corazón, era la situación de los huérfanos, que él conocía muy bien, abandonados a su suerte, obligados a vagar por las calles, dedicados a la mendicidad, privados de oportunidades para la educación y sin esperanza de rescate. Para ellos fundó inclusive un instituto —El Asilo de Santa Cruz, el primer colegio del Nuevo Mundo—, donde acogió a decenas de niños, y les garantizó no sólo lo necesario para el mantenimiento, sino la presencia de asistentes y educadores remunerados. A las jóvenes, garantizaba hasta una dote conveniente, para cuando llegara la edad de casarse. Realizaba de esta manera una especie de prodigio: una suerte de “sanación social”. Tanto que, en Perú, Martín fue, incluso, proclamado “Patrono de la justicia social”.


[1] Ver información en: //www.ewtn.com/spanish/prayers/Misericordia/Coronilla.htm


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«Oye y pon bien en tu corazón, hijo mío el más pequeño: nada te asuste, nada te aflija, tampoco se altere tu corazón, tu rostro; … ¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría?». 

Palabras que la Virgen de Guadalupe le dirigió a San Juan Diego.

1. María es el rostro de la ternura y del consuelo de Dios

«“¡El Señor es mi Dios y salvador!”. “El Señor está cerca”. Y esto nos lo dice el apóstol Pablo, nada nos tiene que preocupar, Él está cerca y no solo, sino con su Madre. Ella le decía a San Juan Diego: ¿Por qué tenés miedo, acaso no estoy yo aquí que soy tu madre? Está cerca. Él y su Madre. La misericordia más grande radica en su estar en medio de nosotros, en su presencia y compañía.  Camina junto a nosotros, nos muestra el sendero del amor, nos levanta en nuestras caídas –y con qué ternura lo hace– nos sostiene ante nuestras fatigas, nos acompaña en todas las circunstancias de nuestra existencia. Nos abre los ojos para mirar las miserias propias y del mundo, pero a la vez nos llena de esperanza.

Dios se goza y complace muy especialmente en María… Ella ha experimentado la misericordia divina, y ha acogido en su seno la fuente misma de esta misericordia: Jesucristo. Ella, que ha vivido siempre íntimamente unida a su Hijo, sabe mejor que nadie lo que Él quiere: que todos los hombres se salven, que a ninguna persona le falte nunca la ternura y el consuelo de Dios».

«A Ella le pedimos en este año jubilar que sea una siembra de amor misericordioso en el corazón de las personas, de las familias y de las naciones. Que nos siga repitiendo: “No tengas miedo, acaso no estoy yo aquí que soy tu madre, Madre de misericordia”. Que nos convirtamos en misericordiosos, y que las comunidades cristianas sepan ser oasis y fuentes de misericordia, testigos de una caridad que no admite exclusiones». (Homilía 12 Dic. 15)

2. María Icono del perdón

«Ella es Madre de la misericordia, porque ha engendrado en su seno el Rostro mismo de la misericordia divina, Jesús…  El Hijo de Dios, que se hizo carne para nuestra salvación, nos ha dado a su Madre, que se hace peregrina con nosotros para no dejarnos nunca solos en el camino de nuestra vida, sobre todo en los momentos de incertidumbre y de dolor.

María es Madre de Dios que perdona, que da el perdón, y por eso podemos decir que es Madre del perdón. El que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. Y sólo quien ama de verdad es capaz de llegar a perdonar, olvidando la ofensa recibida. A los pies de la cruz, María vio a su Hijo ofrecerse totalmente a sí mismo y así dar testimonio de lo que significa amar como Dios ama. En aquel momento escuchó a Jesús pronunciar palabras que probablemente nacían de lo que ella misma le había enseñado desde niño: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

En aquel momento, María se convirtió para todos nosotros en Madre del perdón. Ella misma, siguiendo el ejemplo de Jesús y con su gracia, fue capaz de perdonar a los que estaban matando a su Hijo inocente». (Homilía 01 Ene. 16)

«Para nosotros, María se convierte en un icono de cómo la Iglesia debe extender el perdón a cuantos lo piden. La Madre del perdón enseña a la Iglesia que el perdón ofrecido en el Gólgota no conoce límites. …. El perdón de la Iglesia debe tener la misma amplitud que el de Jesús en la Cruz, y el de María a sus pies. No hay alternativa. Y por eso el Espíritu Santo ha hecho que los Apóstoles sean instrumentos eficaces de perdón, para que todo lo que nos ha conseguido la muerte de Jesús pueda llegar a todos los hombres, en cualquier momento y lugar (cf. Jn 20,19-23)».

3. La Misericordia de María[*]

En una de las oraciones más queridas por el pueblo cristiano, la Salve Regina, reconocemos a María como «Madre de Misericordia».

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia

En la cruz María asume nuevas actitudes de misericordia: acompaña al Hijo al pie de la cruz. Ella vive el sacrificio del corazón porque Ella tiene crucificada su vida con la de su Hijo… Para acoger y vivir la misericordia entre nosotros hay que invitar a María a nuestra propia casa para que broten de nuestro interior caudales de misericordia y amor a las personas…

…Vida, dulzura y esperanza nuestra…

Cuando nos hemos caído, o nos hemos equivocado o hemos recibido un golpe o varios en la vida, busquemos la dulzura de la Madre. Ella es todo lo contrario al regaño… Sin misericordia no hay esperanza. Y el pecador siempre necesita perdón y misericordia. Cuando caemos en pecado mortal (que significa estar muerto a la vida del Espíritu) nuestra única esperanza es la misericordia. La Virgen Madre nos consuela, nos da esperanza, nos anima y alienta a salir de la muerte y regresar al Señor de la Vida.

Dios te salve, a Ti clamamos los desterrados hijos de Eva…

Somos hijos de Eva y por ello tenemos la huella del pecado original… Estamos desterrados, sí, pero con la posibilidad de que nuestra Madre nos lleve de la mano. A veces como niños no sabemos necesariamente a donde nos llevan, pero confiamos totalmente en nuestra madre. Ella sí lo sabe y es lo mejor para nosotros.

…A ti suplicamos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas…

De la herida puede nacer la vida. Para ello hay que ir al corazón de María. De su corazón atravesado brota fuego, amor y pureza abundante. Es una herida abierta permanente de amor inacabable. Del corazón de María fluye perennemente sangre de amor. Las flores que rodean su corazón no están en el aire, ellas están trenzadas de espinas y es por eso que de la herida nace la vida.

Ea, pues, Señora y Abogada nuestra…

María es intercesora, la que pide clemencia por nosotros. María fue invitada a las bodas de Caná porque tenía una amistad con los novios. Eran sus amigos. Ella intercede como nuestra amiga ante la necesidad.

Vuelve a nosotros, esos tus ojos misericordiosos…

María nos mira con unos ojos vivos y tiernos. ¿Quién puede resistir la mirada de María? Este Año de la Misericordia es una invitación a mirarnos con los ojos de Dios. Cuando nos miramos con los ojos de Dios nos miramos con amor. Él siempre nos ve con misericordia.

Y así como Dios Padre nos ve con misericordia, nuestra Madre del cielo nos mira con sus ojos de misericordia siempre.

…Y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre…

María nos lleva a Jesús, nos lleva a la misericordia, nos lleva a la Eucaristía, nos lleva al confesionario y Ella nos muestra el fruto bendito de su vientre. Ella intercede, nos cura la herida, las venda con cariño. Sin embargo, lo más importante es que nos lleva a Jesús, a la misericordia.

Oh clemente, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María

Su clemencia dulce nos invita a despojar del corazón todo miedo a la ternura y a la misericordia que queremos brindarle al mundo. Lo más profundo del Señor es el amor y la misericordia. Es de la mano de María como vamos a poder conocer la intimidad de Dios, que es amor hasta el extremo por sus amigos.

4. ¡Que María, Madre de Misericordia, nos ayude a entender cuánto nos quiere Dios!

«Atravesemos, por tanto, la Puerta Santa de la Misericordia con la certeza que la Virgen Madre nos acompaña, la Santa Madre de Dios, que intercede por nosotros. Dejémonos acompañar por ella para redescubrir la belleza del encuentro con su Hijo Jesús. Abramos de par en par nuestro corazón a la alegría del perdón, conscientes de ver restituida la esperanza cierta, para hacer de nuestra existencia cotidiana un humilde instrumento del amor de Dios». (Homilía 12 Dic. 15)


[*] © 2016 – José Alfredo Cabrera Guerra para el Centro de Estudios Católicos – CEC

 


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«Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano,… como signo del deseo profundo de auténtica conversión»  Papa Francisco

«La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia».

1 La vida es una peregrinación

«El ser humano es un viador, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada».

Nuestra meta es ser personas felices, realizadas. Buscamos la felicidad en todo lo que hacemos.  San Agustín nos dice cómo alcanzar esa meta: «Mi corazón está inquieto hasta que descanse en ti Señor». Es decir, sólo la alcanzaremos plenamente cuando logremos el fin para el que fuimos creados: la comunión con el Padre, en la vida eterna que nos tiene prometida.

Por eso, mientras vivimos en esta tierra, vamos peregrinando hacia esa meta final y podemos constatar que nuestro corazón no se satisface plenamente sólo con las metas que nos vamos trazando en nuestra vida temporal. Nuestra experiencia es la de buscar siempre algo más. Algo que llene nuestro corazón de plenitud, de amor, de belleza, de paz y fortaleza interior. Y es que peregrinamos buscando a Dios para que llene nuestra vida de esa plenitud.

En esta peregrinación podemos encontrar a Dios viviendo una vida espiritual intensa que se hace concreta en los momentos fuertes de oración y en la vivencia de Su presencia en nuestra vida cotidiana; así, toda situación, ya sea de dolor o de alegría, cobra sentido, cuando vamos descubriendo qué nos quiere decir Él, en ellas. Así mismo podemos encontrar a Dios en los hermanos, cuando viendo Su rostro en ellos —en especial en aquellos que más sufren—, vivimos la misericordia, la solidaridad y el compromiso con sus necesidades.

2 Realizar una breve peregrinación, antes de cruzar una Puerta Santa, para ganar indulgencias plenarias

En una peregrinación se viven muchas experiencias: entusiasmo por llegar a la meta, alegría, cansancio, esperanza, incertidumbre, sacrificio, duda, dolor…  Se requiere de voluntad y esfuerzo para realizarla. Además es «una experiencia de misericordia, de compartir y de solidaridad con quien hace el mismo camino, como también de acogida y generosidad por parte de quien hospeda y asiste a los peregrinos».  (Papa Francisco, mensaje a las Academias Pontificias)

Por esto, para recordar la experiencia que somos peregrinos en camino hacia la casa del Padre, el Papa Francisco nos invita a realizar una peregrinación para cruzar la Puerta Santa:

«Cada uno deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación. Esto será un signo que la misericordia es una meta por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio».

La peregrinación a la Puerta Santa, no tiene que ser extensa.  Cada uno la hará de acuerdo a sus posibilidades y puede ser personal o comunitaria. El hecho de dirigirnos a ella, se vuelve una peregrinación, al tener la conciencia que somos viadores peregrinando hacia el encuentro del amor de nuestro Padre.

3 La meta de la peregrinación a una Puerta Santa: dejarnos abrazar por la misericordia del Padre, para ser misericordiosos con los demás.

Querer atravesar la Puerta Santa es querer recibir el abrazo del Padre que nos espera gozoso, para llenarnos de su misericordia y su perdón, como al hijo pródigo del Evangelio.

«Atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros».

«En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama.  Él da todo de sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Él viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía».

De Dios aprendemos a ser misericordiosos y en nuestro peregrinar, «día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos».

Por esto, en este Año Santo no podemos dejar de acudir a recibir este amor sobreabundante que Dios nos ofrece. Recordemos que recibimos indulgencias plenarias al peregrinar hacia una Puerta Santa. Esta misericordia que recibimos de Dios, al cruzarla, nos capacitará y fortalecerá para ser misericordiosos con los demás.

4 María, Madre del peregrino

¡Qué mejor compañía que la de María, para la peregrinación de nuestra vida!  Especialmente cuando las cosas se ponen difíciles, nos dice San Bernardo en la siguiente oración: invoca a María!

“Si se levantan los vientos de las tentaciones,
si te ves arrastrado contra las rocas del abatimiento,
¡mira a la estrella, invoca a María…!

Si eres batido por las olas de la soberbia,
de la detracción o de la envidia,
¡mira a la estrella, invoca a María…!

Si la ira o la avaricia o la seducción carnal,
sacuden con furia la navecilla de tu espíritu,
¡vuelve tus ojos a esa estrella, invoca a María…!

Si te asalta el peligro, la angustia o la duda,
¡piensa en María, invoca a María…!
Y para estar más seguro de su protección
no te olvides de imitar sus ejemplos.
¡Siguiéndola no pierdes en el camino!

Bajo su manto nada hay que temer.
¡Bajo su guía no habrá cansancio,
y con su favor llegarás felizmente
al Puerto de la Patria Celestial!

(Extracto de la oración Mira a la Estrella, San Bernardo de Claraval)


Misericordiae-3-La-experiencia-del-perdón-PDFLa Confesión, el sacramento de la Reconciliación

Reflexiones tomadas del subsidio pastoral La Confesión, el sacramento de la Reconciliación (Colección Misericordiosos como el Padre, Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización)

La experiencia del perdón

Cuando recibimos el perdón de alguien vivimos una experiencia de liberación y de paz interior.  Y es que el perdón es sanante para quien lo da y lo recibe.  El perdón genera comunión.  Con cuánta mayor razón es necesario para nuestra vida, ser perdonados por el amor misericordioso de Dios.

En este Año Santo estamos invitados a acercarnos al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón que Dios quiere concedernos por su amor misericordioso, especialmente a través de las indulgencias plenarias.

«El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación.  Cuando yo voy a confesarme es para curarme, curarme el alma, curarme el corazón por algo que hice y no está bien». 

Catequesis del 19 de febrero de 2014.

1. ¿Necesitamos ser perdonados?

¿Hay la conciencia, en los hombres de nuestro tiempo, de la necesidad de recibir el perdón de Dios?  Lamentablemente constatamos que en muchos casos no la hay.  Y es que se ha perdido el sentido del pecado, de que somos pecadores y por ello es muy difícil reconocer que necesitamos de la misericordia de Dios para con nosotros.

«La ilusión de la omnipotencia humana que el progreso tecnológico parece inspirar, el impulso del mito de la eterna juventud, la ostentación del bienestar, la eficiencia y la productividad, únicos criterios de referencia social, conducen a una visión alienada y alienante del hombre y de la vida.  En ella cualquier límite representa un “mal” por el simple hecho de que frena el camino hacia la libertad sin otras referencias que la afirmación de sí mismo contra todos y contra todo.

Entonces la confesión del propio pecado suena a debilidad, y la invocación del perdón hacia Dios se considera un rito humillante del cual tomar distancia.  No se cree más en la misericordia de Dios porque no se tiene más conciencia del pecado, y no se tiene más conciencia del pecado porque subyace en nosotros la convicción de que no existe ninguna noción objetiva del bien o del mal».

2. La experiencia del perdón de los pecados

«Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre». 

Papa Francisco, Catequesis del 19 de febrero de 2014.

Reconocer el mal en la propia vida es aceptar la propia fragilidad y esto es el primer paso para vivir la verdad de nosotros mismos.  Esta experiencia precede a la de acercarnos a pedir perdón por ello, y ésta a la experiencia de recibir el perdón por nuestros pecados en el sacramento de la reconciliación donde «la ‘alegre noticia’ sobre el perdón de los pecados se hace realidad.

El perdón de los pecados, se trata de una experiencia de gratuidad.  El perdón de Dios no puede ser conquistado, sino solo implorado y recibido: ello, ciertamente, es el don que alcanza el hombre por medio de Cristo.

El perdón de los pecados es experiencia de luz que la encuentra en el Crucificado y Resucitado que es el centro adecuado del cual partir para comprender al hombre, la historia y el mundo.

El perdón de los pecados es la experiencia de la verdad.  El pedido reiterado del perdón de Dios pone en vigilancia la conciencia del cristiano sobre la verdad de la propia condición de pecador… El sacramento de la reconciliación certifica que hay, indudablemente, un misterio del mal que nos supera y frente al cual deberíamos cultivar siempre una actitud vigilante, con humildad, lucidez y prudencia, sin la fantasía de querer comprenderlo y dominarlo con nuestra sola razón.

El perdón de los pecados es una experiencia regeneradora que renueva la gracia del bautismo y consagra como tarea constante el camino personal y eclesial de la conversión…  Para el creyente, el sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación que lo acompaña en el seguimiento de Cristo, sosteniéndolo en el camino señalado ante la propia fragilidad y debilidad.

El perdón de los pecados es una experiencia de comunión.  Este sacramento nos reconcilia con la Iglesia.  El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna.  El sacramento de la penitencia la repara o la restaura.  En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros.  (Catecismo de la Iglesia Católica, 1469)».

3. Las palabras del perdón

¿Alguna vez te has detenido a meditar en las palabras que el sacerdote pronuncia cuando perdona tus pecados?  Aquí te ofrecemos unas reflexiones sobre ellas, para ayudarte a comprender cada vez mejor lo que vives en esos momentos donde recibes a través de estas palabras, el perdón de Dios.

«Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.  Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». 

Catecismo de la Iglesia Católica, 1449

«Dios, Padre de misericordia, que ha reconciliado al mundo consigo…

El deseo y la garantía de ser perdonados, el arrepentimiento, la reparación del mal causado, para el creyente son siempre posibles porque se apoya sobre esta inquebrantable certeza de fe: la misericordia de Dios, dirigida a cada uno y a todo el mundo…  Es el Padre quien nos reconcilia consigo, la iniciativa es ante todo suya.  La misericordia tiende a la comunión.  La misericordia donada por Dios reconstruye y hace más fuerte las relaciones débiles o interrumpidas por el pecado: ella cubre al penitente abriendo espacio al abrazo y al encuentro del Padre.

…por la muerte y la resurrección de su Hijo…

El momento culminante de esta obra reconciliadora cumplida por el Hijo de Dios es la ofrenda de su vida en la cruz, cuando por todos nosotros ha implorado y obtenido el perdón del Padre (Lc 23,23).  Por esto, el cristiano no tiene miedo de hacer su examen de conciencia y realizar una confesión abierta, porque actúa a partir de la certeza de que la salvación ya fue ofrecida por el Señor.

Por la muerte de Jesús, renacemos a una vida nueva, que se nos otorga en el bautismo.  La vida nueva bautismal no anula la fragilidad de la naturaleza humana, por eso, el camino del cristiano está señalado por la dolorosa experiencia del pecado y exige el continuo perdón de Dios en el sacramento de la reconciliación.

…y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados…

La remisión de los pecados obtenida por la muerte de Jesús en la cruz alcanza a cada cristiano por la fuerza del Espíritu Santo enviado por Dios a través del Resucitado.

…te conceda mediante el ministerio de la Iglesia…

El perdón que Dios ofrece al pecador… no solo se realiza en lo profundo del corazón, sino que también es recibido en el seno de la Iglesia y mediante ella».  Por eso se recibe a través de un sacerdote, que tiene la autoridad delegada de hacerlo, al haber recibido el orden sacerdotal de un obispo.

…el perdón y la paz…

La paz es el éxito final de la acción salvífica que deriva de la misericordia del Padre.  Ella es el fruto del perdón y de la reconciliación con Dios obtenidos mediante la confesión de los propios pecados.  No se trata simplemente de la paz psicológica.  Es la paz que el Espíritu Santo infunde en los discípulos del Señor donándoles a ellos el coraje y la vitalidad para el anuncio y el testimonio del evangelio.

…y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El gesto de la imposición de las manos con las que el sacerdote acompaña las palabras de la absolución significa la efusión del Espíritu Santo por la remisión de los pecados, la reconciliación y la comunión con el Señor.

El sacramento de la penitencia no obra solo la “cancelación” de los pecados; está también destinado a suscitar en quien lo recibe la voluntad de cambiar de mentalidad y la orientación de la vida, un camino de conversión que solo el Espíritu puede guiar y sostener.

El “Yo” inicial en posición enfática señala que aquel que está hablando no lo hace en nombre propio, sino en cuanto depositario de la autoridad de perdonar los pecados que el Señor les ha confiado a los apóstoles y a sus sucesores.  En él actúa y están actuando el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La absolución de los pecados no es un gesto mecánico, casi mágico: ella es la gracia que penetra en el pecador abriéndole el corazón, la mente y la voluntad para una vida de comunión con Dios».

«Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios”.  Sí, tú puedes decir a Dios: “Perdóname”, y decirle tus pecados.  Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote.  “Pero, padre, ¡me da vergüenza!”.  También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco de vergüenza…  nos hace más humildes.  Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona…  ¡Esto es lo hermoso de la Confesión!». 

Catequesis del 19 de febrero de 2014.


Misericordiae-2-La-Cuaresma-en-este-Año-Jubilar-PDF

“Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13).
Las obras de misericordia en el camino jubilar

Reflexiones desde el Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2016

«En la Bula de convocación del Jubileo invité a que “la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios” (Misericordiae vultus, 17)».

La Cuaresma de este Año Jubilar es para todos un tiempo favorable para salir de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia.

1.      El Papa Francisco nos invita en esta Cuaresma a «hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra».

a) Escucha de la Palabra

Solo se ama lo que se conoce.  Por eso el Papa Francisco nos pide escuchar la Palabra que se encuentra en las Sagradas Escrituras, donde vemos cómo «el misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel».

»En esta historia Dios se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, ternura y compasión, especialmente en los momentos cuando el hombre fue infiel a la alianza que hizo con Él. Aquí estamos frente a un auténtico amor que alcanza su culmen en el Hijo que se hace hombre. En Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él».

Es recomendable seguir las lecturas de la Misa del día, para alcanzar este fin.

b) Escucha orante

El Papa Francisco nos pide una “escucha orante”, es decir no solo conocer la Palabra, sino dialogar con ella, dejar que hable a nuestro corazón, dejarnos maravillar por lo que escuchamos, meditar qué nos dice a cada uno, y dejar que nos transforme.  En esta Cuaresma dispongámonos a interiorizar cada vez más este amor misericordioso de Dios que se nos muestra en su Palabra y que quiere ser acogido por todos sus hijos.

c) Escucha orante, junto a toda la Iglesia.

Como una de las manifestaciones de expresar la necesidad de oración en comunidad, el Papa nos invita a orar el viernes 4 y el sábado 5 de marzo en comunión con la Iglesia terrenal y celestial.  «No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas».  Esta iniciativa —24 horas para el Señor—, que es una celebración de la misericordia de Dios, el Papa desea que se celebre en todas las diócesis de la Iglesia, dentro del marco de la Cuaresma.

2.  «Cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona la misericordia de Dios»

La misericordia de Dios es un anuncio al mundo y cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio.  Por eso, en el tiempo de la Cuaresma es muy importante acercarse al sacramento de la reconciliación, «a fin de experimentar este signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios».

Acercarnos al sacramento de la reconciliación es reconocer que somos pecadores.  Esto es un paso fundamental en nuestro camino de conversión y no podemos olvidar que como el hijo pródigo, Él siempre nos espera en su infinita misericordia, con su perdón, para que continuemos el camino fortalecidos con su amor sobreabundante.

Nos dice el Papa Francisco «que ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal.  Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres.  Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo».

Acojamos con gratitud este amor de misericordia que se dona de manera especial a través del sacramento de la reconciliación y de las indulgencias que la Iglesia nos otorga en este Año Jubilar.  Acerquémonos con humildad a recibirlo, para que fortalecidos en nuestro espíritu, nos dispongamos a tener una vida entregada a Dios y llena de misericordia con nuestros hermanos.

3.  El Papa Francisco nos invita a ser «Mediadores de misericordia con las obras de misericordia»[1] 

a) «La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia».

«Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales».

«Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo.  Por eso, expresé mi deseo de que “el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales.  Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (Misericordiae Vultus, 15)».

b) Relación de las obras de misericordia corporales y espirituales

«Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar.  Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales.  Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. 

»A través de este camino también los “soberbios”, los “poderosos” y los “ricos”, de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos».

Obras de misericordia corporales

  1. Dar de comer al hambriento
  2. Dar de beber al sediento
  3. Vestir al desnudo
  4. Acoger al forastero
  5. Asistir a los enfermos
  6. Visitar a los presos
  7. Enterrar a los muertos

Obras de misericordia espirituales

  1. Dar consejo al que lo necesita
  2. Enseñar al que no sabe
  3. Corregir al que se equivoca
  4. Consolar al triste
  5. Perdonar las ofensas
  6. Rezar por vivo y difuntos
  7. Soportar con paciencia los defectos de los otros

4.  María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada

Nos dice el papa Francisco: «No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión.  Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).

María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido.  La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal».

«En relación con los demás, pidamos al Señor que en este Año de la Misericordia también nosotros hagamos cosas de misericordia; abramos nuestro corazón para llegar a todos con las obras de misericordia, la herencia misericordiosa que Dios Padre ha tenido con nosotros»[2].


[1] Papa Francisco, Audiencia General del miércoles 27 de enero de 2016.

[2] Allí mismo.


Misericordiae-1-Año-Santo-Extraordinario-Misericordia-PDF

El Papa Francisco anunció, el sábado 11 de abril del 2015, en la Basílica de San Pedro, la celebración de un Año Santo extraordinario, a través de la Bula Misericordiae Vultus (El rostro de la misericordia).

Este Jubileo se inició con la apertura de la Puerta Santa, en la Basílica de San Pedro, durante la solemnidad de la Inmaculada Concepción y concluirá el 20 de noviembre de 2016, con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.

El tema de este Año Santo es la Misericordia, bajo el lema “Misericordiosos como el Padre”.

“Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes… “.

Misericordiae Vultus 3

1. ¿Qué es un Año Santo o Jubileo?

En la tradición católica, el Año Santo o Jubileo es un período especial de reconciliación con Dios que la Iglesia propone a sus fieles.  Ordinariamente los jubileos se celebran cada 25 años y extraordinariamente cuando un Papa lo designa.  No todos los jubileos tienen un tema específico.  El sentido fundamental de un Año Santo es el de entrar en nosotros mismos para entender que tenemos una profunda necesidad de Dios, asímismo, que sea una ocasión de conversión, de crecer en la fe y de renovar nuestro compromiso con el Señor Jesús y con los demás.  Para favorecer esta reconciliación con Dios, la Iglesia, durante este año, concede indulgencias a los fieles que se acercan para recibirlas, con una disposición de conversión interior.

«Vivamos intensamente el Jubileo pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la dispensación de su indulgencia misericordiosa».

Misericordiae Vultus, 22

2. ¿Qué es una indulgencia?

Para entender qué es una indulgencia, empezaremos por explicar que cada pecado conlleva una culpa y una pena.  La culpa se perdona en la confesión, pero falta la expiación total de la pena, que sólo se alcanza en vida, mediante la penitencia y la caridad en obras que demuestran el arrepentimiento; y/o tras la muerte, en el purgatorio.

Para favorecer la total reconciliación con Dios la Iglesia ha previsto las indulgencias plenarias.  Éstas son medios para perdonar todas las penas del pecado cometido. A través de las indulgencias plenarias, la Iglesia, muestra su maternidad en una gran manifestación de misericordia y piedad.

3. ¿Cómo ganar indulgencias en el Año Extraordinario de la Misericordia?

Para recibir indulgencias plenarias, además de realizar la acción requerida por la Iglesia, se debe:

  • «Acudir al Sacramento de la Reconciliación y
  • A la celebración de la santa Eucaristía con una reflexión sobre la misericordia.
  • Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo…».

Es importante que este momento esté unido, ante todo,

  • Para recibirla es necesario, tener la intención de ganar la indulgencia y el propósito de no volver a pecar.
  • Con una sola confesión pueden ganarse varias indulgencias plenarias, en cambio con una comunión eucarística y una oración por las intenciones del sumo pontífice sólo se gana una indulgencia plenaria.
  • Las tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la ejecución de la obra prescrita; pero conviene que la comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día en que se cumple la obra.
  • La indulgencia plenaria solo puede ser adquirida una vez en el transcurso del día (excepto en el momento de la muerte que puede volver a adquirirse).
  • Las indulgencias siempre se pueden aplicar por uno mismo o por las almas de los difuntos, pero no pueden ser aplicadas a otras personas vivas.

Nos dice el Papa Francisco en su carta con la que concede Indulgencias en este Año Santo Extraordinario de la Misericordia:

3.1. Realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa

«Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión.  Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares».

3.2. Realizar una obra de misericordia corporal o espiritual

«He pedido que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia, en efecto, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar. De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad».

3.3. Para los enfermos, personas ancianas y solas

«Pienso, además, en quienes por diversos motivos se verán imposibilitados de llegar a la Puerta Santa,

En primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa. Para ellos será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad.

Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la santa misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar».

3.4. Para los presos

«Mi pensamiento se dirige también a los presos, que experimentan la limitación de su libertad… Que a todos ellos llegue realmente la misericordia del Padre que quiere estar cerca de quien más necesita de su perdón.

En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad».

4.  En este Año Santo el Papa Francisco nos invita a vivir la riqueza de la misión de Jesús

El Papa Francisco nos invita, en este Año Santo, de manera especial a realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea; a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a sanarlas con la solidaridad y la debida atención; a agudizar nuestra mirada para descubrir las miserias del mundo, las humillaciones de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, a escuchar su grito de auxilio, a llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, a restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. A que nuestras manos estrechen sus manos, y a que los acerquemos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad.

Ver Misericordiae Vultus 5 y 16